LAS RAZONES DE institucionalización de la fiesta ya no tienen nada que ver con nuestro tiempo
ORIOL PI DE CABANYES - 01/03/2006
Es curiosa la necesidad de disfraz y de máscara, la necesidad de singularizarnos, de ser distintos de quienes somos - o aparentamos- corrientemente. ¿Vamos hacia una plena carnavalización de la vida? El turismo de masas tal vez generalizará en el futuro los parques temáticos, aquí con los empleados del sector servicios disfrazados de pastor -o de sirena- con barretina.
"Odio el carnaval por razones que probablemente podrían interesar a un psiquiatra -confiesa en alguna parte Umberto Eco-: me da rabia cualquier forma de enmascaramiento del cuerpo humano (por no decir los cuerpos perforados por anillas o humillados de tatuajes papúes). Y no vengáis a objetarme que llevo barba, porque ésta forma parte del cuerpo como los cabellos y los senos, de modo que si hay alguien anormal son los desbarbados, y el hecho de que sean mayoría no prueba que tengan razón".
Sostiene Eco que las razones que llevaron a institucionalizar la fiesta ya no tienen nada que ver con nuestro tiempo. El carnaval nació en la más profunda antigüedad. Pero fue en el mundo cristiano medieval cuando el espíritu carnavalesco adquirió mayores proporciones. En aquel mundo cerrado y atenazado por el sentimiento de culpa y por la amenaza de una eternidad en el infierno, el carnaval fue una fiesta de la permisividad.
Aquellas pobres gentes comían poco y mal, y sin la seguridad de tener algo de pan para el día de mañana. Era tiempo de hambrunas, de epidemias y de temores apocalípticos que tenían a la mayoría sometida a la obediencia de la rutina. La gente trabajaba de sol a sol y el único divertimiento, ya de noche, era el sexo, pero se consentía practicarlo sólo la mitad de los días del año (se desaconsejaba por Cuaresma y muchísimos más días de guardar).
Y entonces, en este panorama, llegaba puntualmente cada año, en la mitad del periodo comprendido entre los primeros fríos del otoño y los ardores de la canícula, una etapa de libertad y de bula en la que era permitido y hasta obligatorio divertirse, dándole un vuelco al aburrido panorama de siempre. Divertirse sin otro objetivo que el puro placer de imaginar otro mundo, un mundo de formas y de imágenes alternativas. El carnaval era socialmente necesario. Era una válvula de escape, una salida a los malos humores acumulados durante todo el año.
¿Pero hoy? ¿Qué sentido tiene celebrar el carnaval en un mundo en el que ya todo el año es carnaval? Hoy tenemos a nuestra disposición casi veinticuatro horas sobre veinticuatro de carnaval televisivo, con juegos, bailes, mítines y solemnes mascaradas... René Guénon, para quien el carnaval ritualizado ha perdido su sentido tradicional, se preguntaba: "¿Cómo puede circunscribirse el desorden y encerrarlo en límites rigurosamente definidos cuando está presente por doquier y se manifiesta de continuo en todos los ámbitos de la actividad humana?".
¿Recuerdan ustedes al señor Clos embutido en una camiseta amarilla bailando al son de Carlinhos Brown en rúa por el paseo de Gràcia? En nuestra Vilanova i la Geltrú, donde el carnaval tiene una larga tradición seguramente influida por la cultura afrocubana, cuando el representante local de la dictadura autorizó, por vez primera después de la Guerra Civil, los movimientos carnavalescos de comparsas, alguien le oyó decir, viendo como el pueblo se divertía: "Miradlos, miradlos: están más contentos que si les hubiéramos dado el Estatut...".




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